CHOCOLATE

Anoche,
llegué temprano a casa del trabajo,
mi pequeña hermana jugaba
con cabezas de pollo sobre nuestra alfombra turca;
tenía chocolate por toda la cara
y en su ropa interior;
parecía haber estado rezando toda la tarde.

Cogí mi teléfono y llamé
al veterinario para darle un rápido baño,
todos en el vecindario
se refería a ella como perra;
otros, ofrecían secretamente darle
paseos por el parque en la noche.
Solían lanzarle barras de chocolate
que escondían detrás de arbustos.

Aunque, pensando en eso,
¿no era inapropiado que hombres viejos
le ofrecieran citas a una infantil mujer?
¿por qué nadie dijo nada? –
te preguntarás.

La verdad es que a ella nunca le gustó el chocolate
solo porque era una niña pequeña.
Pero, todos ignoraban los hechos
porque
“Vamos, es una niña pequeña.
A todas las niñas pequeñas les gusta el chocolate.”

Uno de los hombres viejos era
su maestro de jardín,
se ofreció a enseñarle algo de anatomía,
alegando que era más fácil aprender en la práctica;
mi pequeña hermana se negó, pero
el hombre viejo sostuvo sus manos como
un león abraza a su presa;
ella pensó en bailarinas,
en Irak,
en Siria,
en Yemen,
mientras le ataba las muñecas y
comenzaba a construir una fábrica de chocolate
dentro de su vientre.

Cada mañana,
por 9 meses, ella abría su boca
como queriendo besar la porcelana del inodoro y
escupía sus tesoros benditos,
un árbol de chocolate crecía dentro
de sus entrañas,
alguien había escrito “vergüenza”
en cada espejo de la casa.
El veterinario nunca le permitió
derretir el chocolate que se endurecía
dentro de ella,
los vecinos guardaban todas las tabletas de
purgativo para ellos mismos,
los hombres viejos gritaban
“¡homicidio!” desde sus ventanas,
mientras sostenían cabezas de pollos muertos.

Después de todo, era una niña;
Después de todo, a las niñas les gusta el chocolate.
Tal vez ella lo pidió.

Más tarde,
ese día,
el vecindario entero cambió
su nombre
a ‘tú lo pediste’;
a ‘bendición.’

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UNA MUJER QUE VENDE ROPA LLAMA CERDO A UN NIÑO DE 9 AÑOS

Cuando tenía 9 años,
una mujer me llamó cerdo;
ella estaba vendiendo ropa vieja
en medio de una calle,
estoy seguro, ahora, de que pudo darse cuenta
que forzaba mi sonrisa
mientras saludaba a una vergonzosa presión
en mi pecho.
Si hubiese preferido que usara otro apodo, no sé.
Era un niño obeso, después de todo.

Mi madre dejó de lado los pantalones de polar extra grandes que había separado para mí y me defendió
inmediatamente,
y me arrastró fuera,
y me llevó a un parque.
Le doy las gracias por su reacción instantánea
de protegerme.

Esa tarde,
comencé a temer a los adultos
más de lo que debería haber temido
a la cruel infancia de mi edad,
cuando me di cuenta de que la
vendedora de ropa vieja podría haberse
mantenido fiel a la verdad;
su sola existencia y los
paseos que daba los domingos en las
tiendas por departamento
hicieron que me resigne al hecho de que las ropas
no estaban confeccionadas para niños de 9 años
de mi tipo.

Ese fue mi primer bocado a la naturaleza
más oscura de la humanidad.
Fue la primera vez que supe como
usar un espejo.
La primera vez que llegué a entender
su sucio lenguaje.
Algunas partes de mí me despertaban
por la noche,
me enviaban montones de papeles
que contenían dibujos de
vendedoras de ropa vieja en medio de una calle;
me toqué y escondí
debajo de mis sábanas.
Ya no era perfecto.
Ya no tenía 9 años.

En la escuela,
una vez por semana,
mis pies se paraban en inviernos árticos.
Cada martes,
desafiaría mi creatividad al
encontrar una manera de escaparme de clase de gimnasia,
culpando mi ausencia en
hormigas pasajeras o resfríos.
Siempre consideré que me faltara coraje,
otros, clamaban desde sus barbas de juez,
que yo era demasiado perezoso,
demasiado suave,
demasiado panicoso.
Era un grito de pánico en
los tímpanos de un extranjero sin
la capacidad de oír.

Todos preguntaban por qué,
por qué era yo tan perezoso,
o tan blando,
o panicoso,
o un cerdo.
Nadie preguntó si había
una mujer vendiendo ropa vieja,
con jeringuillas, anchas como el odio,
rodeando en medio de mis calles.
A todos los que vendieron ropa vieja a
niños de 9 años, en medio de una calle,
les pregunto:
¿Alguna vez nos llevaron a un parque?

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez
que vi una vendedora de ropa vieja en
medio de una calle,
pero cuando lo hago,
solo me llevo,
a mí mismo,
a un
parque.

EL ZAPATO (CUENTO CORTO)

Cada 8 horas, una persona es violada en España.

Cada 4 horas en El Salvador.

Cada 20 minutos, en India.

13 minutos en Sudáfrica.

11 minutos en Brasil.

6 minutos en Estados Unidos.

Cada 4 en México.

 

El reloj nunca baja los brazos.

El tiempo no entrega indulgencias.

Pero estos datos no parecen importarle a Enrique, quien, apagando la televisión, deja el sofá y, enterrando el pie descalzo en la alfombra, se dirige a por su calzado.

Su habitación era oscura como una galaxia sin estrellas, las paredes estaban pintadas con crayones pasteles; Enrique deslizó sus manos por debajo de su cama y retiró uno de sus muchos pares de zapatos.

Estos ostentaban un color oxidado; las comisarías, la injusticia y el azar habían marcado su capellada, sus hebillas se descascaraban y habían perdido el brillo. A su corto periodo de vida, habían ya resistido la carga de una estampida de caballos, una carrera por lo más árido de los desiertos y habían tocado el fondo del mar. El tiempo amenazaba con desgarrar los últimos pedazos de piel que le quedaban.

Los zapatos mostraban muchos golpes alrededor de toda su superficie, raras veces dejaban entrar el calor del sol; habían permanecido mucho tiempo debajo de esa cama tan fría; tan fría como un océano o la indiferencia; entre esas paredes, pintadas de rosa y celeste.

Algunos los confundían con desperdicio, otros simplemente los veían y, soltando una gran carcajada, escupían dentro de ellos con gran asco.

Estos zapatos estaban condenados a soportar las pisadas diarias de tan pesados pies que estremecían su cuerpo, como el remordimiento de un pecado, el cual atrofia la habilidad de realizar las tareas más básicas, como cepillarse los dientes o ir al baño. O sonreír. O soñar. O confiar. O amar.

Durante todo este tiempo, pudo conocer zapatos con la misma historia marcada en sus zuelas: caminando por las calles, en un supermercado, un colegio, un cine, una guardería; balerinas, sandalias, oxfords, mocasines, doc martens; todos con hematomas y rasguños, las marcas del pecado grabada en el cuero, cargadas del mismo elefántico peso, besando el polvo del suelo.

Todos en distintas formas, distintos colores, de distintos países, con tacones, sin tacones.

En ese momento entendió que, en realidad, nunca importó forma, o color, o el país, o el tamaño de los tacones, o si llevaba la tela 3 centímetros sobre las rodillas, o mostraba piel que algunas personas consideran como una carta de invitación a liberar a una humanidad hambrienta de maldad que grita desde sus ventanas “es su culpa por vestirse así”, porque, “tal vez lo pidió”, “tal vez sí quería.”

Y mientras escribo esto, veo en la pantalla un océano de zapatos en una marcha de entusiasmo y sed por justicia, la flama de un ruego común por no ser asesinados; apago el televisor y arrojo mis zapatos hasta la puerta en una ráfaga de increíble comodidad; mis zapatos son nuevos y brillan y tienen un color trufado profundo. Mis manos adentran en los precipicios de mis almohadas. Mis almohadas son sedosas y aromáticas; y al fin encuentro el tiempo perfecto para una siesta.

¿Mencioné que mis zapatos son perfectamente cómodos?

¿Mencioné que los zapatos eran personas?

¿Mencioné que los zapatos eran personas violadas?

¿Mencioné que a veces no me importa el peso que cargan esos zapatos?

¿Mencioné que a veces no me importa el sufrimiento de las víctimas de violencia sexual?

Me gustaría ser un pincel, y dibujar los más preciosos veranos en las zuelas de cada zapato, que sosteniendo el peso de mil caballos, enfría sus plantillas debajo de una cama, en la calle, en un colegio, una comisaría, una guardería.

 

WARA (CUENTO CORTO)

Se cuenta que en la lejanía de los andes antiguos, prehispánicos y arcanos; un hombre de alma celeste hurgó entre sus entrañas y retiró una semilla. Esta brillaba como si hubiese hurtado el centro del mismo sol, su iridiscencia se veía desde las altas cordilleras, quienes vestían sus invernales hielos como coronas, reivindicando su monarquía americana.

Este hombre insólito plantó la semilla celestial en lo profundo del bosque; era una noche azul y estrellada, el viento fue el único testigo del perfume de sus palabras mientras escarbaba la tierra. La naturaleza sería única cómplice de este perenne secreto.

El hombre la bautizó como ‘Wara’.

Wara crecería fuerte y robusta, bella e inefable.

El hombre posó sus manos sobre la tierra y se unió a ella en un fugaz rayo de luz.

Miles y miles de años pasaron. Wara se hallaba frondosa en medio del bosque: ella presidía entre toda la fauna, propia de un monarca.

Cuentan las historias. Cuenta el viento que, al encontrarse el crepúsculo con el horizonte, pobladores peregrinan hacia su tronco entre el denso claroscuro, con cánticos pronuncian ‘waqanasunqu’ (corazón sensible), y unen sus palmas a la suave madera del árbol, y encuentran la sanidad de sus corazones. No sanidad física, cardiaca ni ventricular; sino espiritual. Del alma. De las lágrimas. Del dolor. De una madre enferma.

Y sanan.

Cuenta la leyenda que, todos ellos, sanan.

—una piedra ignora que es una piedra y se enamora de una dalia—

Todavía recuerdo la última vez que 
fuimos a dar un paseo,
recuerdo haber preguntado a tus
ojos si estaban sufriendo el golpe
de un tornado,
o la lluvia torrencial de la selva.

Recuerdo que desde ese día
empezaste a afeitar tu cabeza y
usar paraguas,
ese gusto tuyo por Egipto
lo llevas en el perfume de tus joyas.

Yo te advertí que dejaras de hacer eso,
que podría construirte una casa,
en medio de una ciudad,
dentro de mí,
al lado del triturador de pimienta,
que podría traer de vuelta el rosa en tu falda.
Pero solo soy un testimonio
de la historia.

Todavía recuerdo la última vez
que quise ser el color
que se arrastra por el camino de
tus labios amarillos;
la última vez
que me dijiste que eras
demasiado frágil para
mis ásperas maneras,
que mi boca se sentía como
agua hirviendo,
que nadie había, aún,
inventado un camino para que tú
y yo seamos capaces de tener hijos;
que eras demasiado preciosa
y yo era demasiado deforme;
que eras demasiado alta
y yo era demasiado bajo.
Te dije que nuestra madre nos había
creado de la misma manera.

El día siguiente
me llevaste a un lago e
hiciste que mirara su superficie.
El agua reflejaba el color
verde de mañanas
que nunca creyeron en Shakespeare.
Los cisnes giraban y
sus plumas las seguían,
la hojarasca aterrizaba
como formando continentes,
estábamos perdidos en la atmósfera de otro planeta.

Vi en nuestro reflejo
la mitad de la luna:
una hermosa dalia,
suave como el aliento de una fogata,
¿qué hacía sentada al lado de una piedra?


 

Me di cuenta, entonces,
que no era yo ninguna
dalia,

ni luz,

ni arcoíris,

ni océano.

 

Los cisnes giraban y
sus plumas las seguían.
Los cisnes giraban y
yo era una piedra.
Los cisnes giraban y
yo soy una piedra.
Los cisnes giraban y
yo soy una piedra.

PÁJAROS ESPAÑOLES

Todos mis pájaros murieron
el día que regresaste de Europa.
Había pasado los últimos 7 años
enseñando a mis puertas sobre autodefensa,
sobre cómo nunca darse las manos
con los desastres de tus palmas.

Pero esa mañana, no eras humano,
tus primos me hablaron del viento
que mantenías dentro de tus cartas natales,
sobre lo inesperado que eras,
como el fallecimiento de un reloj
o un apagón en la ciudad de Los Ángeles
que desnuda sus brillantes ojos.

Esa mañana eras un huracán
esperando detrás de mi puerta,
todo dentro de esta casa
perdió su forma
y se deshizo;
mi taza de té
volvió furiosamente a sus sobres
para nunca nadar de nuevo.

Quemaste la madera de mis puertas
y te quitaste las botas,
tenían nieve dentro de ellas;
tus manos eran ventosas y frías
como el Océano Atlántico,
pero tenían volcanes en sus uñas.

Era la primera vez que veía nieve,
sabías que nunca había ido a España,
así que dejaste tu cámara
mientras almacenabas los libros que
mis amigos habían obsequiado,
dentro de las jaulas vacías,
donde una vez mis pájaros durmieron.

Todo empezaba a verse
como lo hicieron antes de tu partida:
el teléfono roto,
el cargador de la computadora,
las sábanas delgadas,
cartas sin remitente.

Esa noche
no pude dormir,
estabas raspando los papeles
de la pared
con estruendo.
Me sentí como la melodía de
una orquesta flotando hacia
la nada del espacio,
donde no se oye ningún sonido.
Qué desperdicio.

Ahora solo pienso en todo
el desastre que tengo que resolver.
Me levanté de la cama y empecé
a fregar la suciedad de los platos que
habían estado tomando un baño en
el lavadero durante tanto tiempo,
se habían ahogado.

Quién lo hubiera dicho.

Tal vez es muy cómodo.
Tal vez debería tomar un baño en él.
Tal vez debería quitar la tierra de mis brazos.
Tal vez debería ahogarme dentro de él.

Quién lo hubiera dicho.

Seguí fregando mientras
leía de los platos:
“No soy esquizofrenia escrita
en un libro,
enjaulaste todos los libros.
Por favor,
dime que no quemaste el
libro de esquizofrenia.
No soy esquizofrenia escrita
en un libro.”

Nunca deseé más
haber sido un pájaro
antes de tu llegada.

 

 

 

 

 

 

 

UN PADRE GOLPEA A SU HIJO

El niño estaba acostado sobre su jardín delantero,
estaba besando la hierba como si fuese
su madre.
Ella había muerto hacía ya tres meses,
los moretones en su rostro
revelaron el ritual del baile de los puños de su padre
del pasado octubre,
de cada domingo por la noche
después de la iglesia.

El niño no pudo expresar su último adiós,
fue retenido en el auto,
todos decían no era ese un lugar para niños pequeños.
Así que guardó en secreto el vestido floral de su madre
debajo de su cama,
era un vestido vintage de 1967,
el niño lo vestiría por las noches,
cuando las luces estaban apagadas
y su padre se hallara severamente ebrio
al término de su deber diario de tocar puertas
para predicar sobre el perdón.

Se paró delante del espejo
mientras se cepillaba el cabello,
su reflejo era la vívida imagen de los
días más gloriosos de su madre.
Todos los días, a las 5,
rociaba las margaritas que
su madre había plantado,
su padre dijo que llorar era para niñas,
así que enterraba sus lágrimas junto a las flores de su madre,
hablaba con ellas todos los días después de la escuela,
incluso les ofreció un dibujo por el día de la madre.

Esa noche,
una ligera luz abrazaba la habitación,
el niño cubría su cuerpo con
el vestido floral de su madre,
fiel al candor de su tradición,
usando su lápiz de labios y deslizándose en sus zapatos;
los tacones parecían bailar una canción de vals.

En ese momento,
los ojos de su padre se iluminaron desde la esquina,
se podía decir que el odio había sido traído
a este mundo a través de esos iris,
su córnea estaba gestando la criatura
de las espinas.

Tomó a su hijo por el terso cuello y
comenzó a patear sus ojos en el suelo,
su lápiz labial rojo
se disolvía con la sangre
que derramaba de su boca.
El niño recibía los golpes con paciencia,
con placer,
se parecía ahora más a su madre,
mientras escuchaba a su padre gritar:
aprende a ser un hombre,
limpiando sus labios con
salmos.

CARTA DE LAS AURORAS BOREALES A ISLANDIA

Cuando toqué tus manos por primera vez,
conocí, al instante, que era diferente,
mi corazón es ladrón de todos
los cielos y sus diminutas gaviotas.

Soy un reo contumaz de otra galaxia.

Puse mis palmas sobre mi pecho
y sentí que era un pincel,
aquel mismo quien cumplió
la heroica función de dibujar el horizonte
sobre la llama de tu hielo
hace cuatro mil millones de años.

Tu luz parcialmente oscurecida,
tu abusivo y ebrio padre
son una buena ironía para la
paz y libertad que tu
brisa testifica.
Tu brisa es una casa,
una casa llena de lilas,
puestas de sol y rosas;
los inviernos cuelgan de tus ventanas.

Permite que mi largo camino
y  sus fatigadas brochas reposen
sobre tus frágiles lienzos.
Soy un soplo indefenso de radiación,
pétalos del sol
que vienen a hablar con
tus iris.

CARTA DE UN ANIMAL A LA INDUSTRIA CÁRNICA

Querido amor:

Espero que esta carta no moleste
tu descanso,
o la confortable calidez del
suave sofá de piel
que envuelve las manos de seda de
tus rosados hijos.

Anoche,
oí opacos ruidos que
provenían de los dientes descascarados
de estas jaulas que se convirtieron en mi madre,
sus frías garras forzaban su entrada
a mi sueño,
fue tan aterrador;
sentí que estaba siendo violado por
una navaja sin cuello,
cuyo nombre era Filudo.

Todo sobre ese lugar era rojo,
y brumoso,
y antiguo.
Sus rostros estaban cubiertos de voces oxidadas,
me hallaba tragando a mis propias hermanas,
sus clavos y fantasmas;
miré hacia arriba y vi las nubes,
la libertad por un segundo,
rauda como la vida,
paciente como el cáncer.

El cielo era muy azul
y vertiginoso;
en el horizonte,
el sol dejaba caer sus pétalos,
cual flor exhibicionista;
el aire, una fragante brisa de perfume.
Allí mismo,
una madre sostenía
el cabello de su hija,
mientras la llamaba perra.

Nunca había visto una niña tan feliz,
o una madre tan indulgente;
la mía permanece firme como una pared,
ella es severa como las alturas,
vacua como las cárceles.

Lo observo todo,
y todo lo veo,
mis manos son las llagas de Cristo.
Mi padre me dijo una vez que
yo había nacido para ser un árbol,
pero no hay tierra a la que pertenezca.

Todo es solo el intento de
la almohada
por una broma de abril,
yo sé.
Y escribo estas líneas para hacerte saber
que confío en ti más de lo
que confío en mi sueño.

Tuyo por siempre.
El huésped del matadero.

 

LA PIZZERÍA

Desperté;
cogí el teléfono
y le di una llamada a la pizzería más cercana,
era la primera vez en mucho tiempo
que escuchaba el ruido de una boca
símil a la de mi especie.
Pedí una orden de ayuda,
2 piezas de pan al ajo y
5 tabletas de novocaína;
mi cerebro repitió mi voz
mil veces en los siguientes días,
las palabras se desarrollaban de
una manera aterradora;
de repente, el hombre del delivery estaba
construyendo una carpa en mi puerta frontal,
estudiaba de un libro autografiado
por mí,
en él se mostraban las imágenes,
explícitas, de la autopsia
de cada secreto que escondía mi incesante apetito.

Él se convirtió en suministrador de mi enfermedad;
yo sonreía mientras asesinaba
y escondía los restos del psicopático suicidio.

Las cacerolas de mi cocina estaban
siempre llenas de espagueti,
a las 9 y 27, alzaban sus manos y
acariciaban mi vientre.

Recuerdo que en ese mes
empecé a escribir un desmesurado número
de cartas a mí mismo,
quejándome por el ruido de mis oraciones
en las que rogaba por la huida
del hombre del delivery.
Por mi incesante apetito.

Empecé a aprender francés a partir
de canciones parisinas,
esta casa estaba vestida de mi imagen,
me veía en cada estante;
di la vuelta, cerré los cerrojos y
le prendí fuego.
Inicié una cuenta en Instagram
y compartí los retratos de
cada habitación en llamas;
ardiendo,
en francés.